"Ok, aunque no hablo Hebreo, está bastante claro que hablan de mí. Todo lo que escucho es: "blah, blah, blah, Yorick, blah, blah, blah"".
El asunto es que, un buen día, una misteriosa plaga causa la muerte de todos los seres vivos de género masculino del planeta, a excepción de Yorick Brown y su mono capuchino: Ampersand.
¿Qué sucede después? Amazonas, agentes secretos, científicos, ninjas, piratas, un triángulo amoroso de astronautas, lesbianas, sectas religiosas, mafias, adulterio, androides prostitutos, troupes de teatro itinerante, lanzamiento de heces, periodismo sensacionalista, antropología, slang, sexo, drogas y rock & roll. ¿Mencioné "lanzamiento de heces"? Ah, sí; sí lo hice.
"Y: The Last Man" no es solamente una gran historia épica, absolutamente adictiva, en el mejor de los sentidos en el que una historieta puede serlo y repleta de intriga, en la que cada entrega concluye en tácitos puntos suspensivos, sino que, además, su autor, Brian K. Vaughan cumple, en ella, con una de las condiciones más difíciles de la historieta de aventuras: lograr que el lector sienta una gran empatía con sus personajes, aún cuando las circunstancias que van dando forma al desarrollo de la trama puedan ser improbables o inverosímiles.
Escribiendo esta última oración me puse a pensar que, bueno, uno no es, definitivamente, un billonario, playboy y filántropo, maestro de las ciencias y las artes marciales, poseedor de una voluntad inquebrantable, que secretamente se viste de roedor y sale de noche a golpear malhechores ni, tampoco, a decir verdad, un extraterrestre campechano y de quijadas angulosas, cuyos poderes son virtualmente ilimitados, a la vez que su inocencia es comparable a la de Charlie Brown. Entre todos los personajes más conocidos, supongo que es con Peter Parker con quien, tal vez, al lector de historietas le resulte más fácil sentir empatía pero, así y todo, Peter Parker es un genio de la bioquímica y un fotógrafo de primera línea, no tan común, no tan Juan Pérez, en definitiva, y tanto menos si tenemos en cuenta que, además, cuenta con los poderes magníficos que lo transformaron en Spider-Man.
Yorick Brown, en cambio, es un geek aficionado al ilusionismo y nazi de la gramática, cuya verborragia incontenible, plagada de referencias a la cultura pop del Siglo XX, recuerda a Rob Fleming, aquel británico neurótico del libro (o la película, si prefieren) "High Fidelity", que para todo tenía un top 5. No resulta nada difícil encontrar puntos tangentes entre protagonista y lector, ni imaginar, y supongo que este puede ser el motivo por el que leemos historias, quienes las leemos, pero decía que no es difícil imaginar que el protagonista es uno mismo, e ir pactando acuerdos y marcando disensos con las decisiones que conducen a Yorick por su ruta Homérica, como último hombre sobre el planeta tierra.
"Y: The Last Man" no es solamente una gran historia épica, absolutamente adictiva, en el mejor de los sentidos en el que una historieta puede serlo y repleta de intriga, en la que cada entrega concluye en tácitos puntos suspensivos, sino que, además, su autor, Brian K. Vaughan cumple, en ella, con una de las condiciones más difíciles de la historieta de aventuras: lograr que el lector sienta una gran empatía con sus personajes, aún cuando las circunstancias que van dando forma al desarrollo de la trama puedan ser improbables o inverosímiles.
Escribiendo esta última oración me puse a pensar que, bueno, uno no es, definitivamente, un billonario, playboy y filántropo, maestro de las ciencias y las artes marciales, poseedor de una voluntad inquebrantable, que secretamente se viste de roedor y sale de noche a golpear malhechores ni, tampoco, a decir verdad, un extraterrestre campechano y de quijadas angulosas, cuyos poderes son virtualmente ilimitados, a la vez que su inocencia es comparable a la de Charlie Brown. Entre todos los personajes más conocidos, supongo que es con Peter Parker con quien, tal vez, al lector de historietas le resulte más fácil sentir empatía pero, así y todo, Peter Parker es un genio de la bioquímica y un fotógrafo de primera línea, no tan común, no tan Juan Pérez, en definitiva, y tanto menos si tenemos en cuenta que, además, cuenta con los poderes magníficos que lo transformaron en Spider-Man.
Yorick Brown, en cambio, es un geek aficionado al ilusionismo y nazi de la gramática, cuya verborragia incontenible, plagada de referencias a la cultura pop del Siglo XX, recuerda a Rob Fleming, aquel británico neurótico del libro (o la película, si prefieren) "High Fidelity", que para todo tenía un top 5. No resulta nada difícil encontrar puntos tangentes entre protagonista y lector, ni imaginar, y supongo que este puede ser el motivo por el que leemos historias, quienes las leemos, pero decía que no es difícil imaginar que el protagonista es uno mismo, e ir pactando acuerdos y marcando disensos con las decisiones que conducen a Yorick por su ruta Homérica, como último hombre sobre el planeta tierra.






