martes, 20 de noviembre de 2012

Y: The Last Man. Brian K. Vaughan / Pia Guerra (Vertigo, 2002-2008)

"Ok, aunque no hablo Hebreo, está bastante claro que hablan de mí. Todo lo que escucho es: "blah, blah, blah, Yorick, blah, blah, blah"".


    El asunto es que, un buen día, una misteriosa plaga causa la muerte de todos los seres vivos de género masculino del planeta, a excepción de Yorick Brown y su mono capuchino: Ampersand
   ¿Qué sucede después? Amazonas, agentes secretos, científicos, ninjas, piratas, un triángulo amoroso de astronautas, lesbianas, sectas religiosas, mafias, adulterio, androides prostitutos, troupes de teatro itinerante, lanzamiento de heces, periodismo sensacionalista, antropología, slang, sexo, drogas y rock & roll. ¿Mencioné "lanzamiento de heces"? Ah, sí; sí lo hice.
    "Y: The Last Man" no es solamente una gran historia épica, 
absolutamente adictiva, en el mejor de los sentidos en el que una historieta puede serlo y repleta de intriga, en la que cada entrega concluye en tácitos puntos suspensivos, sino que, además, su autor, Brian K. Vaughan cumple, en ella, con una de las condiciones más difíciles de la historieta de aventuras: lograr que el lector sienta una gran empatía con sus personajes, aún cuando las circunstancias que van dando forma al desarrollo de la trama puedan ser improbables o inverosímiles.
    Escribiendo esta última oración me puse a pensar que, bueno, uno no es, definitivamente, un billonario, playboy y filántropo, maestro de las ciencias y las artes marciales, poseedor de una voluntad inquebrantable, que secretamente se viste de roedor y sale de noche a golpear malhechores ni, tampoco, a decir verdad, un extraterrestre campechano y de quijadas angulosas, cuyos poderes son virtualmente ilimitados, a la vez que su inocencia es comparable a la de Charlie Brown. Entre todos los personajes más conocidos, supongo que es con Peter Parker con quien, tal vez, al lector de historietas le resulte más fácil sentir empatía pero, así y todo, Peter Parker es un genio de la bioquímica y un fotógrafo de primera línea, no tan común, no tan Juan Pérez, en definitiva, y tanto menos si tenemos en cuenta que, además, cuenta con los poderes magníficos que lo transformaron en Spider-Man

    Yorick Brown, en cambio, es un geek aficionado al ilusionismo y nazi de la gramática, cuya verborragia incontenible, plagada de referencias a la cultura pop del Siglo XX, recuerda a Rob Fleming, aquel británico neurótico del libro (o la película, si prefieren) "High Fidelity", que para todo tenía un top 5. No resulta nada difícil encontrar puntos tangentes entre protagonista y lector, ni imaginar, y supongo que este puede ser el motivo por el que leemos historias, quienes las leemos, pero decía que no es difícil imaginar que el protagonista es uno mismo, e ir pactando acuerdos y marcando disensos con las decisiones que conducen a Yorick por su ruta Homérica, como último hombre sobre el planeta tierra.

martes, 6 de noviembre de 2012

Akira. Katsuhiro Otomo (Young Magazine, 1982-1990)

"Joder, me pone los pelos de punta pensar en toda la gente que ha muerto en este lugar".


    ¿Por donde empieza uno a hacer una reseña para una historia tan jodidamente perfecta como "Akira"? No estoy seguro de saberlo, pero tengo tantas ganas de contarles, de que ustedes también disfruten de la imaginación y el talento de Katsuhiro Otomo, que voy a intentarlo, a pesar de que sé con seguridad que me estoy metiendo en un gran lío.
    En Diciembre de 1982, una detonación nuclear destruye la ciudad de Tokyo y desata un holocausto mundial que redefine la división política del mundo y las pautas de conducta social de sus habitantes. Hacia el año 2039, de entre las ruinas de lo que fue la ordenada Tokyo de principios de los 80's ha crecido, como hierba mala, una Neo-Tokyo caótica, rehén de un gobierno fascista, de células terroristas anti-gubernamentales y de bandas criminales compuestas por adolescentes que se saben sin futuro y actúan en consecuencia. Es el fin del mundo como lo conocemos, como dice la canción.
    Katsuhiro Otomo no es apenas uno de los muchos historietistas que crearon una obra al respecto de esta temática, sino probablemente el mejor (mientras más pienso en eso, más voy convenciéndome de que Akira me gusta más que "Watchmen", y apenas puedo creer que acabo de escribir lo que acabo de escribir). Supongo que sus colegas lo habrán odiado en silencio, entonces, como suele suceder toda vez que un tipo tiene la desvergüenza de ser tan, pero tan bueno en lo suyo (y en lo tuyo y en lo de él y en lo de ella); tan bueno que a uno le dan ganas, simultáneamente, de hacer lo mismo que él hace y de dedicarse a otra cosa completamente distinta.
     En 1982, aún en plena Guerra Fría, la idea de un holocausto atómico, y en especial para los japoneses, lamentables cobayos de prueba del poder nuclear durante la Segunda Guerra Mundial, seguramente era parte de la vida cotidiana; como un fantasma omnipresente que tanto se sentaba a desayunar con vos y viajaba a tu lado en el tren, de camino al trabajo, como te susurraba su canción de muerte y destrucción al oído, al irte a dormir, cada noche.
    Pero... ¿Y si el holocausto nuclear no hubiera sido provocado por un poder foráneo? ¿Puede ser que ciertos experimentos conducidos por científicos japoneses, que desde la década del 60' buscaban desarrollar las capacidades psicokinéticas de unos pocos niños especialmente dotados y, en particular, de un pequeñito llamado Akira, se hubieran salido horriblemente de control?
    No voy a entrar en demasiados detalles con respecto a los personajes, ni al desarrollo de la historia en sí, pero les voy a decir, en cambio, que lo que hace que Akira sea una historia gloriosa es lo mismo que hace que todas las buenas historias sean buenas, es decir: el entretenimiento que provee enterarse de lo va sucediendo, la empatía que uno siente por las personas a quienes les está sucediendo eso y la sensación de estar participando uno mismo, de algún modo, junto a ellos, de dichos sucesos.
     Todo esto, multiplicado a la akirésima potencia.