"Joder, me pone los pelos de punta pensar en toda la gente que ha muerto en este lugar".
¿Por donde empieza uno a hacer una reseña para una historia tan jodidamente perfecta como "Akira"? No estoy seguro de saberlo, pero tengo tantas ganas de contarles, de que ustedes también disfruten de la imaginación y el talento de Katsuhiro Otomo, que voy a intentarlo, a pesar de que sé con seguridad que me estoy metiendo en un gran lío.
En Diciembre de 1982, una detonación nuclear destruye la ciudad de Tokyo y desata un holocausto mundial que redefine la división política del mundo y las pautas de conducta social de sus habitantes. Hacia el año 2039, de entre las ruinas de lo que fue la ordenada Tokyo de principios de los 80's ha crecido, como hierba mala, una Neo-Tokyo caótica, rehén de un gobierno fascista, de células terroristas anti-gubernamentales y de bandas criminales compuestas por adolescentes que se saben sin futuro y actúan en consecuencia. Es el fin del mundo como lo conocemos, como dice la canción.
Katsuhiro Otomo no es apenas uno de los muchos historietistas que crearon una obra al respecto de esta temática, sino probablemente el mejor (mientras más pienso en eso, más voy convenciéndome de que Akira me gusta más que "Watchmen", y apenas puedo creer que acabo de escribir lo que acabo de escribir). Supongo que sus colegas lo habrán odiado en silencio, entonces, como suele suceder toda vez que un tipo tiene la desvergüenza de ser tan, pero tan bueno en lo suyo (y en lo tuyo y en lo de él y en lo de ella); tan bueno que a uno le dan ganas, simultáneamente, de hacer lo mismo que él hace y de dedicarse a otra cosa completamente distinta.
En 1982, aún en plena Guerra Fría, la idea de un holocausto atómico, y en especial para los japoneses, lamentables cobayos de prueba del poder nuclear durante la Segunda Guerra Mundial, seguramente era parte de la vida cotidiana; como un fantasma omnipresente que tanto se sentaba a desayunar con vos y viajaba a tu lado en el tren, de camino al trabajo, como te susurraba su canción de muerte y destrucción al oído, al irte a dormir, cada noche.
En Diciembre de 1982, una detonación nuclear destruye la ciudad de Tokyo y desata un holocausto mundial que redefine la división política del mundo y las pautas de conducta social de sus habitantes. Hacia el año 2039, de entre las ruinas de lo que fue la ordenada Tokyo de principios de los 80's ha crecido, como hierba mala, una Neo-Tokyo caótica, rehén de un gobierno fascista, de células terroristas anti-gubernamentales y de bandas criminales compuestas por adolescentes que se saben sin futuro y actúan en consecuencia. Es el fin del mundo como lo conocemos, como dice la canción.
Katsuhiro Otomo no es apenas uno de los muchos historietistas que crearon una obra al respecto de esta temática, sino probablemente el mejor (mientras más pienso en eso, más voy convenciéndome de que Akira me gusta más que "Watchmen", y apenas puedo creer que acabo de escribir lo que acabo de escribir). Supongo que sus colegas lo habrán odiado en silencio, entonces, como suele suceder toda vez que un tipo tiene la desvergüenza de ser tan, pero tan bueno en lo suyo (y en lo tuyo y en lo de él y en lo de ella); tan bueno que a uno le dan ganas, simultáneamente, de hacer lo mismo que él hace y de dedicarse a otra cosa completamente distinta.
En 1982, aún en plena Guerra Fría, la idea de un holocausto atómico, y en especial para los japoneses, lamentables cobayos de prueba del poder nuclear durante la Segunda Guerra Mundial, seguramente era parte de la vida cotidiana; como un fantasma omnipresente que tanto se sentaba a desayunar con vos y viajaba a tu lado en el tren, de camino al trabajo, como te susurraba su canción de muerte y destrucción al oído, al irte a dormir, cada noche.
Pero... ¿Y si el holocausto nuclear no hubiera sido provocado por un poder foráneo? ¿Puede ser que ciertos experimentos conducidos por científicos japoneses, que desde la década del 60' buscaban desarrollar las capacidades psicokinéticas de unos pocos niños especialmente dotados y, en particular, de un pequeñito llamado Akira, se hubieran salido horriblemente de control?
No voy a entrar en demasiados detalles con respecto a los personajes, ni al desarrollo de la historia en sí, pero les voy a decir, en cambio, que lo que hace que Akira sea una historia gloriosa es lo mismo que hace que todas las buenas historias sean buenas, es decir: el entretenimiento que provee enterarse de lo va sucediendo, la empatía que uno siente por las personas a quienes les está sucediendo eso y la sensación de estar participando uno mismo, de algún modo, junto a ellos, de dichos sucesos.
Todo esto, multiplicado a la akirésima potencia.
Todo esto, multiplicado a la akirésima potencia.

Obras como Akira (en manga) y Evangelion (en anime) son el punto culminante del reflejo que el trauma de las dos bombas nucleares lanzadas sobre su territorio causó en Japón. Reflejo que comenzó con el cine de monstruos gigantes perfeccionado en la isla, con el género mecha y tantas otras cosas. En Watchmen la sensación es "Somos nosotros los que estamos marchando a la destrucción, y nos sentimos impotentes por no poder salirnos de ese camino incluso cuando sabemos el destino". En Akira es todo mucho más oscuro. Como consecuencia de la 2da guerra mundial Japón se convirtió en el único país del mundo en ser atacado con armas nucleares en la historia, y encima, sus cúpulas militares y políticas fueron juzgadas por un tribunal de guerra (el tribunal McArthur). De un día para otro pasaron de un jingoismo rampante a ser una colonia cultural y militarmente. Si me apurás, ni al día de hoy todo eso ha sido digerido por la sociedad japonesa. Y obras como Akira son producto de esto.
ResponderEliminarPero más allá de todo. Como obra de arte Akira nos deja a todos y a todo lo demás tan chiquitos... tan poca cosa...
¡Me hiciste acordar de que nunca vi Evangelion!
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